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Al borde de la decepción

Por: Dr. Luis Ángel Díaz-Pabón

Ocurrió durante la Navidad de 1992. Nuestros tres hijos desde temprano en la mañana celebraban la fecha con los regalos que recibieron. Estrellita y yo nos habíamos esforzado para comprarles lo que pedían. Llegado el mediodía salimos a visitar a otros familiares, con los que pasamos una feliz tarde.

Qué noche tan triste fue aquella del 25 de diciembre, porque al regresar a casa descubrimos que un ladrón había forzado una puerta y se había robado todos los regalos de nuestros hijos. Me sentí ultrajado. Mis hijos no tenían consuelo y Estrellita se limitaba a intentar dar una palabra de fe.

El próximo día todo quedó olvidado cuando una fiel cristiana que escuchó la historia se apresuró a la casa con juguetes y regalos para los niños. Los nuevos regalos superaban por mucho los que nos habían robado. Simplemente parecía que nada había ocurrido. Pronto solo se escuchaban acciones de gracias y risas. El acostumbrado comentario de “yo sabía que el Señor no nos abandonaría” era espontáneo.

Pero el alborozo no duró 48 horas. Dos días después otro ladrón o el mismo volvió a robarnos. Ahora sí parecía que la bomba atómica había caído en la casa. No solo nos robaron cosas físicas, también nos habían robado la paz. Nos costó dormir aquella noche. Hasta orar resultaba complicado. ¿Cómo explicar esto después de haber predicado tantas veces que el Señor nos protege y libra del mal?

Surgían profundas interrogantes, pero intentábamos mantenerlas a raya. Fue Juan Carlos, mi hijo mayor, quien primero preguntó: “Papá, ¿por qué el Señor permite estas cosas?”. Luego, Gustavo, el segundo, comentó: “Si yo fuera Dios les hubiera partido las piernas a los ladrones para que los agarraran.” Lorraine, solo decía: “Esto no es justo papá, esto no es justo,” No puedo precisar el sentimiento pero era una mezcla de ira, tristeza, desánimo, temor, impotencia, decepción y quien sabe cuántas otras cosas.

Pero una vez más Dios cambió la dirección de aquella procesión que llevaba matiz de fracaso. Fue como una revolución del cuerpo de Cristo. Los hermanos de nuestra iglesia recibieron la noticia y un contingente de apoyo llegó a la casa. La consigna parecía ser: “Vence con el bien el mal”, o “El amor es más poderoso que el rencor”.

Dios se hizo presente a través de su iglesia y los niños recibieron juguetes, regalos y expresiones de amor, más que en cualquier otro momento. Los santos no se dejaron vencer. Vencieron y nos sacaron de aquel hueco de tristeza.

Pero aún en medio del festejo yo me sentía raro. Sabía que había algo que aprender, una lección que recibir. Yo conocía a Dios lo suficiente como para saber que nada de lo ocurrido era casualidad. El proceso fue duro. Ver a los niños nerviosos y temerosos, sentir a Estrellita cargada y meditabunda. Pero sobre todo no tener una respuesta clara.

Como si todo esto fuera poco, en medio de aquella tensión yo debía salir para una cruzada evangelística a Costa Rica. Reuní la familia para tomar la decisión. El voto fue unánime. Todos sentían que debía atender el compromiso con el cielo y marchar a la campaña. Aproveché el vuelo para conversar con Dios sobre el gran suceso.

Le expresé mis impresiones de todo aquello y le pregunté cómo el podía ser glorificado en medio de aquella tragedia. Le pedí que me hiciera entender cuál había sido el propósito.

La razón de Dios se hizo ver pronto en la cruzada. En un mismo servicio sucedieron dos cosas que nunca antes habían ocurrido. En medio del servicio, apenas yo acabando de predicar, cuando un niño de unos ocho o nueve años subió a la tarima. Se acercó a mí y entre sollozos me pidió la oración. ¿Por qué quieres que ore?,  le pregunte. Me dijo: “Es que tengo mucho miedo y no puedo dormir. Tal vez usted no me va a entender pero nos han robado en la casa y yo tengo mucho miedo.”

Mientras la criatura lloraba, mi corazón se estremecía encontrando propósito para mi experiencia de hacía una semana. Pude orar con aquel niño entendiendo exactamente lo que él estaba pasando.

De inmediato vino el segundo suceso. Yo bajaba de aquella tarima cuando una anciana me abordo en medio de la multitud. “Gracias a Dios que lo encuentro; yo le pedía a Dios que lo pusiera en mi camino”, dijo la anciana. “Necesito la oración por algo muy importante aunque a usted no le parezca importante.”

Le pregunté de qué se trataba. Me dijo: “Usted pensará que es una tontería pero para mí no lo es. Le pido la oración porque tengo mucho miedo y no puedo vivir. Hace unos días los ladrones entraron a casa y me robaron y desde entonces sufro de pánico. Usted no puede entender lo que siento pero esta es la segunda vez que entran a casa para robarme. Por favor ore por mí.”

¡Ah, hermanos, qué experiencia! Descubrir que Dios nos prepara a través de situaciones para que seamos útiles en sus manos para bendecir a otros. De regreso a casa testifiqué a mi familia todo lo ocurrido y un versículo bíblico cobró un nuevo color: “cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia”.

Me sentí al borde de la decepción, solo para descubrir una vez más que el Soberano cumple su propósito en nosotros, siempre. La experiencia sirvió para enseñarnos que Dios ve las cosas de forma distinta. Lo que para nosotros parece desgracia, a los ojos de Dios puede ser simplemente el preámbulo a una gran bendición. Transcendamos en visión, contemplemos la vida desde la perspectiva divina, y se abrirán nuevos horizontes de gloria. No se decepcione, Dios no lo está castigando, lo está preparando.

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1 comment

Un Comentario

  1. Luz Pagan

    Muy buen artículo.
    Gracias


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